Cuarta
Internacional
La emancipación de los trabajadores será obra de ellos mismos

Declaración del Secretariado Internacional de la IV Internacional sobre las amenazas de guerra en Siria y en Irán

La guerra imperialista y la revolución


1ro de marzo de 2012

Las amenazas de guerra se agravan. Se multiplican los llamamientos a una intervención militar en Siria. Israel reafirma su objetivo de bombardear Irán esta primavera. Lenin escribía hace un siglo que la humanidad había entrado en el periodo histórico “{del imperialismo, época de guerras y revoluciones”. }Más que nunca, la situación política mundial actual confirma absolutamente la actualidad de esta afirmación. La multiplicación de guerras en cadena –desde la primera guerra del Golfo en 1991, que según el presidente de los Estados Unidos tenía que inaugurar un nuevo orden mundial después de la dislocación de la URSS– implica directamente al imperialismo: en 1999 se da la intervención militar de la OTAN en Serbia y en Kosovo, última fase de la guerra de dislocación de Yugoslavia iniciada en los años 1990. En 2001 empiezan los bombardeos de Afganistán, seguidos de la ocupación militar. En 2003 Iraq es invadido de nuevo. En 2011, Libia. Eso sin hablar siquiera de la ocupación militar de{ }Haití y de los múltiples conflictos llamados “regionales”, particularmente en África, que el imperialismo alimenta.{ } El capitalismo, régimen social agonizante, ha desencadenado una verdadera guerra contra los trabajadores y los pueblos del mundo, una guerra de dislocación de las naciones. Los trabajadores y los pueblos, tratando de resistir a la barbarie a la que el imperialismo les lleva, no tienen más salida que avanzar por el camino de la revolución emancipadora. {{{ “El orden” imperialista }}}Ya el 21 de enero de 2011, ante los acontecimientos revolucionarios de Túnez, la IV Internacional afirmaba que se trataba de una revolución proletaria, no de una pretendida “revolución árabe”. Ese proceso revolucionario que en la región se ha extendido principalmente a Egipto, llama a las puertas de Europa. Es la marcha mundial de la revolución contra el “orden” imperialista. La aceleración de las amenazas de guerra de agresión contra Siria e Irán procede de esta crisis del capital, que se manifiesta en la crisis de dominación política norteamericana, cuyo orden internacional ha sido desestabilizado por el desarrollo de la revolución proletaria en Túnez y Egipto (y sus repercusiones mundiales) y por su propia crisis de descomposición, elementos indisociables. Para preservar el “orden” imperialista mundial, sería necesario que el imperialismo norteamericano aplastara al planeta con el talón de hierro de una dictadura de tipo fascista. Lo necesitaría, tanto en los propios Estados Unidos como a escala internacional, pero no se dan hoy condiciones para llegar ahí. La clase dominante norteamericana ha sido incapaz de controlar su propia crisis (que inició una nueva fase el 11 de septiembre de 2001), que se ha ahondado sin cesar en proporciones inéditas, y de operar una reestructuración del orden mundial bajo su control. Lo que le lleva a tratar de descargar sobre los demás imperialismos todos los efectos de su crisis y a provocar explosiones en cadena en todos los continentes, sin ser capaz de controlarlos. Las profundas consecuencias de la crisis generalizada del sistema de explotación capitalista – iniciada en 2008, en el corazón mismo del imperialismo, en los Estados Unidos, con la llamada crisis de los “subprime”– se materializan en la crisis de dominación del imperialismo norteamericano, que se conjuga hoy con los procesos de la revolución mundial que operan en Túnez y Egipto; en 2011 esta combinación explosiva ha actuado como detonador de la crisis, largo tiempo contenida, de la Unión Europea, que ha entrado en una dinámica acelerada de dislocación. Con esta ocasión, al introducir al FMI en los planes europeos (troika), el imperialismo norteamericano ha dado otro paso en asumir el control de la Unión Europea y de sus gobiernos. Desde este punto de vista, las movilizaciones de los trabajadores de Europa, sean las que sean las formas de la acción contrarrevolucionaria de los aparatos que dirigen el movimiento obrero para contenerlas, se inscriben en este impulso mundial de la lucha de clases contra el imperialismo. En los países de Europa, para cumplir las exigencias de los mercados a golpe de austeridad y de desreglamentación, los gobiernos, sean de izquierdas o de derechas, tratan de orientarse hacia “uniones nacionales” para imponer estos planes a los pueblos; al efecto, deben atacar la independencia de las organizaciones sindicales, conminadas a integrarse en el acompañamiento de dichos planes. Ése es el sentido de que los países de la Unión Europea hayan aprobado el 1 y 2 de marzo un nuevo tratado europeo, que destruye todos los derechos y garantías logrados por las clases obreras. {{{ La guerra, condición necesaria, pero no suficiente }}}La marcha hacia la revolución proletaria en Túnez y en Egipto se ha levantado claramente contra los regímenes de Ben Alí y de Mubarak, pero también contra sus dueños: las potencias imperialistas. En esta medida, ha contribuido fuertemente a desestabilizar “el orden” norteamericano en una parte del mundo en que el menor cuestionamiento del equilibrio existente amenaza las condiciones mismas de la dominación imperialista a escala mundial. El significado de la caída de Mubarak es internacional. En efecto, Egipto ocupa un lugar particular en la región. A fines de los 1970, el acuerdo entre el aparato militar que dirige el país y el imperialismo norteamericano desembocó en la firma, en 1978, de los Acuerdos de Camp David, supuestos “acuerdos de paz” con el Estado de Israel. A cambio de una “paz” entre Egipto y el Estado de Israel, Camp David fue el punto de partida del reforzamiento del cerco al pueblo palestino y de su aplastamiento, con la complicidad de la mayoría de los gobiernos de los países de la Liga Árabe. Los acuerdos firmados en Camp David, en los Estados Unidos, bajo el control del gobierno norteamericano, fueron los primeros pasos para establecer la dominación directa del imperialismo norteamericano en esta parte del globo (la primera región productora de petróleo del mundo). Los Acuerdos de Camp David hicieron posible que en 1993 se firmasen los acuerdos de Oslo, que instauraron en los territorios de Gaza y Cisjordania una “Autoridad Palestina” que se comprometía a garantizar la “seguridad” de Israel y a abandonar la Carta de la OLP cuyo objetivo era una sola Palestina libre, laica y democrática en la que judíos y árabes pudiesen vivir en pie de igualdad. Tras los bombardeos y la segunda guerra contra Iraq, se desarrolló la línea de los pretendidos “dos Estados” en las tierras históricas de Palestina. Pero la continuidad de la movilización del pueblo palestino, la negativa a renunciar a la exigencia del derecho al retorno de los millones de palestinos que viven fuera de Palestina, atestiguan la actualidad de la revolución palestina. A partir de ahí los gobiernos norteamericanos, demócratas y republicanos, ha desarrollado la que llaman política del “Gran Oriente Medio” (GMO), que busca dislocar el conjunto del Oriente Medio y Próximo, incluidos Afganistán y Pakistán, y remodelar esta región para garantizar el control norteamericano directo. El “Gran Oriente Medio” consiste en cuestionar las barreras aduaneras, desreglamentar, privatizar e implantar un dispositivo militar bajo control norteamericano: el FMI ha exigido a todos los gobiernos de la región que emprendan ese camino, yendo más lejos en las “reformas”. Túnez y Egipto, cuyos partidos dirigentes eran miembros de la Internacional Socialista, son los países que más avanzaron en este sentido, provocando la reacción de las poblaciones. La caída de Ben Alí y la de Mubarak han puesto en entredicho la realización de este plan. Para el imperialismo norteamericano, lo más urgente era parar la ola revolucionaria en la región. Eso exigía la guerra de Libia. Se organizó una campaña de propaganda mediática que denunciaba a Gadafi y su régimen como “sanguinarios”, cosa que nadie ignoraba, ya que los Estados Unidos, Francia y la Gran Bretaña habían sostenido hasta entonces a este régimen recibiendo a Gadafi en sus países con todos los honores. Pero éste ya no podía desempeñar el papel que le habían asignado las grandes potencias. Con los imperialismos inglés y francés en primera fila de la ejecución, pero bajo la dirección del amo norteamericano, el imperialismo procedió entonces a liquidar a Gadafi destruyendo y dislocando a Libia, “somalizándola” en cierto modo, privándola de toda soberanía y negando así al pueblo libio toda posibilidad de expresar democráticamente su voluntad. Esa agresión anuncia lo que el imperialismo prepara en el caso de Siria, y eventualmente, mañana, en el caso de Irán. Ante el riesgo de que se extienda la ola revolucionaria que puso en entredicho a los regímenes dictatoriales de Túnez y de Egipto, había que impedir la actividad independiente de las masas, desviarla de sus objetivos, ponerla bajo control del imperialismo y de sus instrumentos. La guerra de Libia es desde este punto de vista una amenaza directa contra los pueblos tunecino y egipcio, pero también contra todos los demás pueblos. Ahora bien, la guerra de agresión y de dislocación de Libia era una condición necesaria para defender el “orden” imperialista, pero no era suficiente. {{{ La “transición democrática” }}}Para proteger a los regímenes que estaban sometidos al imperialismo, había que “renovarlos” para mantener lo esencial, sus lazos de supeditación. El imperialismo norteamericano, en nombre de la “democracia”, lanzó la línea de la “transición democrática”. El enemigo de ayer, el “islamismo”, se ha convertido en el aliado de hoy. En Túnez, Ennahda constituyó un gobierno de unión nacional con dos partidos laicos, uno de ellos miembro de la Internacional Socialista. En Marruecos, los islamistas entraron en el gobierno después de las últimas elecciones. El nuevo “gobierno” de Libia propone restablecer la Sharia. Y en Egipto los Hermanos Musulmanes han pactado con el ejército. Recordemos que cuando cayó Mubarak, el gobierno norteamericano declaró inmediatamente que estaba dispuesto a reconocer un nuevo régimen, a condición de que éste respetara los tratados internacionales firmados por Egipto. Naturalmente, esto hacía referencia a los Acuerdos de Camp David. La respuesta positiva del aparato militar egipcio no bastaba al imperialismo norteamericano, que siguió presionando hasta que los Hermanos Musulmanes, que siempre habían denunciado los Acuerdos de Camp David como una traición, declararon que no los cuestionarían. Ya había, pues, una base para la unión nacional entre el ejército y los Hermanos Musulmanes, para gran satisfacción del gobierno norteamericano. El resultado de esta ofensiva del imperialismo norteamericano es la guerra que empieza en toda la región del Sahel. Libia está dislocada, sometida a las diferentes camarillas mafiosas y a las milicias religiosas, tribales o de otro tipo. Se multiplican los incidentes en la frontera de Túnez y de Argelia con milicias que vienen de Libia. Miles de armas circulan en la región. El Malí es hoy un país en guerra: por un lado un ejército de tuareg y mercenarios venidos de Libia quieren la autonomía del Norte del Malí y, en el otro lado del país está la guerrilla de un grupo de Al Qaida. En nombre de la “ayuda” al ejército malí, aviones norteamericanos han bombardeado, el 4 de marzo, el Norte de Malí. Argelia se ve particularmente amenazada. Es un país central del Magreb y del Sahel, y su gobierno no ha cedido a varias de las exigencias imperialistas, recuperando parcialmente el control de su economía y negándose a participar en el dispositivo militar bajo control norteamericano. A partir de ahí, el país ha estado sometido a una campaña para provocar una “revolución”, lo que en el vocabulario imperialista significa “dislocación”. {{{ Los “amigos de Siria” }}}En esta situación hay que comprender la “Conferencia de amigos de Siria” que el 24 de febrero de 2012 reunía a la mayoría de los países de la Liga Árabe y a representantes de los imperialismos francés, inglés y norteamericano. Participó oficialmente en esta conferencia una delegación del Consejo Nacional Sirio, agrupamiento de oponentes que viven principalmente en el extranjero, que se reunieron en Turquía y fundaron el CNS como un “gobierno en exilio” o “provisional” de Siria. Sus principales jefes están ligados a los Hermanos Musulmanes. La Conferencia decidió dar un primer paso hacia el reconocimiento del CNS y financiar las actividades del “Ejército Sirio Libre”. Siguen exactamente el guión de la reunión en París, semanas antes de la intervención en Libia, de una “Conferencia de amigos de Libia” y el progresivo reconocimiento del Consejo Nacional de Transición de Libia. El objetivo no es Siria, sino el orden mundial, a Siria y su pueblo les toca pagar la factura. Desde hace decenios, Siria tiene un papel importante en el mantenimiento del orden existente en esa parte del mundo, en particular en relación con Palestina. El régimen dirigido por Hafez el Asad formaba parte del juego entre el imperialismo norteamericano y la burocracia del Kremlin. En 1976, fue el ejército sirio el que liquidó en un baño de sangre los baluartes de la revolución palestina en el Líbano. En 1991, Siria fue uno de los estados árabes que participaron en la primera “cruzada mundial” contra Iraq, sin dejar de presentarse como el principal sostén de los palestinos. Tras el derrumbamiento de la URSS, Siria se vio obligada a ajustar su política mundial. El gobierno de Hafez el Asad multiplicó los actos de acercamiento al imperialismo. El giro más significativo fue la reacción del gobierno sirio ante los atentados del 11 de septiembre de 2001 en Nueva York. El régimen sirio, largo tiempo incluido por el gobierno de los Estados Unidos en la lista de “países terroristas”, denunció el terrorismo. En 2003, el gobierno sirio apoyó y ayudó la intervención norteamericana en Iraq. En ese mismo periodo, este régimen militar, que hacia una demagogia “nacionalista árabe” y socializante, basada a la vez en una intensa represión política y en una política económica proteccionista que funcionaba a base de subvenciones, tuvo que dar un giro que se materializó en la retirada de las tropas sirias del Líbano en 2005 y en la realización de las reformas económicas pedidas por el FMI. Las privatizaciones, el aumento de precios y el fin de las subvenciones sumieron en la miseria a la gran mayoría de la población siria. La existencia de un Estado sirio centralizado, cuyas decisiones no dependen directamente del imperialismo, con un papel esencial en relación con el Líbano, que se niega a aislar a Irán, pudo parecer un factor de estabilidad, pero ahora chocaba con la política del imperialismo norteamericano tal como se manifestó en la agresión contra Libia. La política guiada por las exigencias del FMI agravó las disparidades regionales, antes más o menos suavizadas por las subvenciones del régimen. La agravación de esas disparidades regionales sumió algunas regiones en una mayor pobreza. Homs, tercera ciudad del país, lo ilustra: en su periferia se hacinaron decenas de miles de jóvenes campesinos expulsados de sus tierras, formando barrios de chabolas como Baba Amro, donde recientemente se han dado los combates más violentos. Este giro del régimen provocó en su seno contradicciones intensas entre los que querían ir más allá en la colaboración con los Estados Unidos y los que se oponían a ello, produciéndose ajustes de cuentas y ejecuciones. En esa situación de tensión, tras la caída de Ben Alí en Túnez, en enero del 2011, el gobierno sirio anunció que daría 11 dólares al mes a las familias más pobres. Inmediatamente, el FMI exigió a Siria que abandonase las subvenciones alimenticias. Recomendó también que se aumentaran los precios de la electricidad, que seguían siendo bajos merced a las subvenciones del Estado. Esta situación ha agudizado los particularismos existentes, con la ayuda de varios grupos y de servicios secretos extranjeros, pero también de algunas fracciones provenientes del régimen. En efecto, Siria es un mosaico de grupos de pueblos y de religiones (suníes, chiíes, alauíes, drusos, cristianos, árabes y kurdos), “sujetados” desde hace medio siglo por un régimen cuyos dirigentes, en particular los oficiales del ejército, vienen de la comunidad alauí. Ante las primeras movilizaciones que se produjeron en Siria como un poco en todo el Medio Oriente, el régimen reaccionó como siempre, con la represión. Pero debido a los procesos revolucionarios que se desarrollaban en Túnez y en Egipto, que habían expulsado a los dictadores, la situación en la región e internacional ya no era la misma. {{{ El pueblo sirio debe pagar la factura }}}En una situación mundial y regional en que el imperialismo norteamericano no puede aceptar procesos revolucionarios (contra regímenes dictatoriales en crisis que revelan su debilidad), la acción de diferentes grupos ligados a países extranjeros (la organización de los Hermanos Musulmanes, mucho tiempo reprimida por el régimen, así como el juego de Catar y de Arabia Saudí por cuenta del imperialismo) ha provocado un desarrollo incontrolado de fuerzas centrífugas. En un primer tiempo, el imperialismo no denunció la represión más que antes. Al contrario, llamó al régimen sirio a “reformarse”, o sea a que aplicara servilmente todas sus exigencias. El imperialismo, cuando se ve obligado, es capaz de retroceder para salvar lo esencial. Ante la movilización revolucionaria del pueblo egipcio que, conforme iba ampliándose, estaba más profundamente marcada por la acción de la clase obrera, el imperialismo, después de llamar a que Mubarak hiciera reformas, decidió deshacerse de él para intentar mantener al régimen militar. La caída de Mubarak fue una primera victoria del pueblo egipcio contra ese régimen militar y contra el imperialismo. El imperialismo sabe sacrificar a dirigentes y a regímenes para preservar lo fundamental –su control– frente a la movilización revolucionaria de un pueblo. También sabe –y tiene una larga práctica– liquidar regímenes con los que cooperó mucho tiempo y que se convierten en un obstáculo para su política. La suerte final del régimen de Bachar el Asad es hoy secundaria para el imperialismo. La movilización “humanitaria”, el recurso a la ONU y a la Unión Europea, las sanciones, preludian una nueva agresión cuya meta, una vez más, sería destruir toda soberanía de un Estado, dislocar una nación, condenarla a una cadena sin fin de “conflictos étnicos”, “regionales” y religiosos. Es lo que está haciéndose hoy con Siria. Es lo que se perfila para mañana en el caso de Irán. Hasta hace poco. pues, aun denunciando formalmente la represión, el imperialismo norteamericano llamaba a que el régimen se “reformara”. Después, visto el desarrollo de los acontecimientos, empezó a prever la salida de Bachar el Asad para buscar una solución que pueda mantener el régimen militar de Siria, o una parte del aparato militar dentro de una combinación de unión nacional. Pero hay una diferencia: Siria no es Egipto. En Egipto, fue la movilización revolucionaria de las masas la que echó a Mubarak; en Siria, desde las primeras manifestaciones, el imperialismo y sus agentes intervinieron para provocar la guerra civil. Así impidieron, desde las primeras manifestaciones, toda movilización del pueblo, al constituir grupos militares que combatían al ejército del régimen. El estallido de una guerra civil significa que el pueblo, entre dos fuegos, se queda soterrado, sometido a la violencia y a la barbarie por todos lados. Es exactamente la repetición de lo que pasó en Libia. Los servicios secretos actúan deliberadamente para provocar la guerra civil y utilizan las imágenes de los combates para justificar la intervención militar imperialista. Las contradicciones y las divisiones en la clase dominante norteamericana, los desacuerdos que en ella se ven sobre Oriente Medio, crean el descontrol. Algunos sectores de la clase dominante llaman a la intervención directa en Siria y a apoyar la guerra que Israel quiere lanzar contra Irán; otros dudan, se oponen o piden tiempo. El imperialismo no se preocupa por los derechos humanos, ni por democracia, ni por los derechos de los pueblos, sólo le guía la necesidad de mantener su control frente a la revolución, y con esa vara juzga al régimen sirio. {{{ ¡No a la injerencia extranjera, no a la guerra! }}}Esta injerencia imperialista ya en acción y una intervención militar abierta llevarían a la dislocación de Siria. De hecho, diez años después de la intervención en Iraq, éste está dislocado, dividido en zonas chiíes, suníes y kurdas, ésta última casi autónoma. La intervención en Siria tendrá las mismas consecuencias que en Libia, país también dislocado. Pero Siria no es Libia. En las fronteras de Iraq, del Estado de Israel, de Turquía, del Líbano, Siria ocupa por su historia un lugar particular. El estallido de ese país, mosaico cultural, lingüístico y de pueblos tendrá repercusiones inmediatas en los países vecinos. ¿Qué será del territorio sirio poblado mayoritariamente por kurdos, fronteriza con el territorio kurdo de Iraq, casi autónomo? Y los dos son vecinos de los territorios mayoritariamente poblados por Kurdos, en el sur de Turquía. La ofensiva contra Siria está relacionada con la que se desarrolla contra Irán. El bloqueo de Irán, perpetrado por las grandes potencias desde hace algunos meses, prepara a su vez la dislocación de Irán. La amenaza del Estado de Israel de bombardear este país acelera el proceso. Aunque el gobierno Obama trata de frenar al Estado de Israel, su intención es dislocar Irán, como Siria. Su política lleva a la dislocación de las naciones y de los Estados. Ninguna zona de la región debe escapar al control y al saqueo del imperialismo. Tal es la causa de su ofensiva contra Siria e Irán. Abriría las puertas a nuevas violencias, a nuevas guerras, a la aventura y la barbarie. Esta nueva ofensiva que busca dislocar a las naciones es también otro ataque al pueblo palestino, cuyo combate ininterrumpido desde hace 60 años por el derecho a la nación y por lo tanto a la tierra de Palestina ha impedido toda “estabilización” de la situación bajo control imperialista. Desde este punto de vista resulta significativo que en Gaza Hamas –rama local de los Hermanos Musulmanes egipcios– se haya desmarcado del régimen sirio, alineándose con las exigencias del imperialismo, después de haber aceptado la hoja de ruta del cuarteto (Estados Unidos, China, Unión Europea, Rusia) sobre la solución de la cuestión palestina. Pero esta región no es la única amenazada. Todo el planeta puede sufrir las consecuencias de este incendio. En noviembre de 2011, a iniciativa del Partido de los Trabajadores de Argelia y de la Unión General de Trabajadores Argelinos, se reunía en Argel una Conferencia de Emergencia contra la guerra, la ocupación militar y la dislocación de las naciones. El Acuerdo Internacional de los Trabajadores apoyaba dicha conferencia. Las delegaciones de militantes obreros y democráticos de más de 40 países aprobaron una resolución que dice: { “Condenamos los propósitos imperialistas de saqueo de los recursos de los pueblos y de dominación que motivan esta intervención }[en Libia – N. del T.] […] {Denunciamos esta intervención uno de cuyos objetivos consiste en amenazar a los pueblos que luchan por sus derechos y soberanía, en querer imponerles ‘un protectorado’ extranjero, confiscando su derecho a disponer de su presente y de su futuro. Denunciamos los planes de las grandes potencias, entre ellos el “Gran Oriente Medio” norteamericano que trata de desintegrar a las naciones con bases tribales, étnicas y religiosas con fines de pillaje y de opresión […]. Hay una situación de emergencia cuando las grandes potencias preparan condiciones para la guerra generalizada en la región del Mashreq }[Oriente árabe – N. del T.]{, al tiempo que siguen negando los derechos históricos imprescriptibles del pueblo palestino, el derecho al retorno a su tierra de todos los refugiados, sometiendo a este pueblo al encierro en Gaza y en Cisjordania, a la represión y a las agresiones. Declaramos nuestro pleno apoyo a las aspiraciones del pueblo sirio a la democracia, a la igualdad, pero condenamos con fuerza las maniobras y complots materializados en la instrumentalización de esas mismas aspiraciones por las potencias imperialistas y sus lacayos, que quieren utilizarlas como mero pretexto para la intervención militar extranjera en Siria. Nos oponemos a cualquier intervención militar extranjera en cualquier parte del mundo, y en consecuencia en Siria y en Irán, con o sin el aval de la ONU […] Hay una situación de emergencia cuando las mismas potencias imperialistas y las instituciones internacionales desencadenan una guerra social en Europa y en los Estados Unidos mediante planes de austeridad criminales, para salvar a los especuladores, los bancos y las aseguradoras privadas. Hay una situación de emergencia cuando las grandes potencias erigen la injerencia en los asuntos de los países en sistema mundial, arrogándose el derecho a disponer de la suerte de las naciones y de los pueblos”. }Esta declaración es una señal de alarma para todo el movimiento obrero mundial en vísperas de una posible intervención en Siria y en Irán. En cambio, los dirigentes de la Internacional Socialista llaman a la intervención militar. Partidos emanados de los PC, en particular en Europa (en América Latina, por el contrario, los partidos ligados al castrismo o a los PC apoyan al régimen de Bachar al Asad) o miembros del Secretariado Unificado (SU) [[Una declaración del Comité Internacional del Secretariado Unificado, que fraudulentamente pretende ser la IV Internacional, dice sobre Siria: {“Fuerzas militares sirias de izquierdas se han implicado en esta insurrección para que se desarrolle la autoorganización del pueblo”}! ¡Las fuerzas militares de izquierdas armadas y financiadas por el imperialismo o por Catar…! En cuanto a la autoorganización del pueblo sometido a las violencia y a la guerra civil… El lenguaje radical es la cobertura de extrema izquierda del imperialismo.]] declaran que {“apoyan al pueblo sirio”} contra el régimen. Dicen con la boca pequeña que no desean una intervención militar del imperialismo. Pero llaman a armar a las milicias de la oposición, cosa que ya están haciendo, a través de Catar, algunos sectores imperialistas. Y esas milicias, a su vez, reclaman a gritos la intervención militar extranjera. La IV Internacional considera que el primer enemigo de las naciones y de su soberanía es el imperialismo y que de ninguna manera se puede transigir con la defensa de los pueblos contra el imperialismo. {{{ La IV Internacional a favor de la revolución }}}La IV Internacional se mantiene totalmente en el terreno constitutivo del movimiento obrero desde el siglo XIX: la lucha contra la guerra que organizan las grandes potencias. La IV Internacional, como hizo en el caso de Libia, se declara contra toda intervención, aunque se haga con pretextos humanitarios, contra Siria e Irán. Una guerra en Siria provocará aun más muertes, más sufrimientos del pueblo sirio. Apoyar y ayudar al pueblo sirio es defender su derecho como nación a levantarse contra todo intento de dislocación, porque sólo en el marco nacional pueden los pueblos deshacerse de los regímenes dependientes de las grandes potencias imperialistas. Al contrario de las “soluciones” imperialistas, los trabajadores y los jóvenes de Túnez, con la movilización, apoyándose en su organización sindical histórica, la UGTT, a pesar de los numerosos muertos y heridos causados por la represión de Ben Alí, impidieron que el país fuera llevado a una guerra civil y a la barbarie. A diferencia de Libia, de Afganistán y de Iraq, los trabajadores de Túnez, utilizando su organización, la UGTT, con la huelga y la movilización en la calle, estuvieron en el centro de la movilización popular. Así aglutinaron a todas las capas de la población. En suma, enfrentaron el pueblo a la pequeña minoría sometida a las potencias extranjeras. Esta revolución ha chocado y choca con los obstáculos interpuestos por el imperialismo y sus ayudantes, como la transformación de la Constituyente en unas elecciones legislativas y la formación de un gobierno de unión nacional compuesto por un partido islamista, un partido de derechas y un partido de la Internacional Socialista, gobierno sometido al imperialismo y que ataca a los trabajadores y a la UGTT. Desde este punto de vista es significativo que al día siguiente de reunirse en Túnez la cumbre de los “Amigos de Siria”, se haya celebrado una manifestación en defensa de la UGTT, sometida desde varias semanas a ataques y provocaciones. Manifestación imponente, que reunió a tanta gente como las manifestaciones que derribaron a Ben Alí, y en la que el lema más coreado fue “{¡Ni Catar, ni Estados Unidos!”. }Dos días antes, la Comisión Administrativa de la UGTT aprobó una moción denunciando la amenaza de intervención militar en Siria. Es una cuestión internacional: la existencia de las organizaciones de la clase obrera, en particular de los sindicatos, marco elemental de organización de los trabajadores, independientemente de la naturaleza de los aparatos que dirijan la organización, materializa que la sociedad está dividida en clases que tienen intereses irreconciliables. En el Magreb, en Europa, en los Estados Unidos y por doquier, oponerse a la política que consiste en implicar a las organizaciones sindicales en la aplicación de los planes capitalistas es preservar el marco de la lucha de la clase obrera contra el capital. Oponerse a la acción de los aparatos dirigentes del movimiento obrero que querrían acompañar esos planes es ayudar a la clase obrera a superar los obstáculos puestos en el camino de su movilización. Mediante la movilización de los trabajadores en su propio terreno, con sus reivindicaciones, enfrentándose necesariamente a la supeditación al imperialismo y a sus exigencias, se puede defender a la nación soberana, o sea al pueblo libre e independiente, rompiendo todos los vínculos de sometimiento a las potencias imperialistas. El único camino hacia la paz, la democracia, la libertad y la independencia nacional, es la movilización de las masas por sus reivindicaciones propias, cuyo contenido económico, social, obrero, es inseparable de las reivindicaciones democráticas, y se enfrenta a los regímenes que actúan como correas de transmisión del imperialismo. El objetivo de la IV Internacional no es “reformar” ni “humanizar” el régimen imperialista, sino derrocarlo. Tal es el sentido de la oposición firme de la IV Internacional a las amenazas de guerra contra Siria e Irán y de su apoyo incondicional a la lucha de los pueblos por la emancipación social y nacional, que buscan llevar adelante los pueblos de Túnez y de Egipto, de toda la región, de Europa y del mundo. {{ {“¡Abajo la guerra, abajo la explotación!” } }}es la consigna del futuro y de la salvación de la humanidad.
Este sitio está editado por el Secretariado internacional de la Cuarta internacional. Podéis contactarnos en la dirección . Para seguir nuestra actualidad: Seguir la vida del sitio RSS 2.0
Ce texte a été téléchargé sur le site édité par le Secrétariat international de la Quatrième internationale : www.quatriemeinternationale.fr.